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Opinión




Había una vez…

hace mucho tiempo en un país muy cercano, existían maravillosas ciudades donde habían pequeños establecimientos llamados quioscos en los que habitaban alegres quiosqueros que repartían felicidad a todos los niños y jóvenes con revistas y fascines y cómics de todos los gustos y colores. Era un mundo donde tenia cabida la espada salvaje de Conan, el Mortadelo y Filemón, las emblemáticas Víbora, Comix, Dossier Negro, zona84 y muchas más publicaciones que me dejo en el tintero. Una época en la que el comic estaba en plena efervescencia y que por suerte gozaba de la ignorancia de los tiempos que se aproximaban.

Pero los malos tiempos llegaron (ruido de trueno), los implacables y malévolos editores, viendo que no podían sacar el jugo necesario de sus propósitos, se limitaron a cuatro series de cómics de gran reputación, relegando al ostracismo al resto de sus fieles dibujos. Grandes castas quedaron en el olvido y solo unos pocos se salvaron de la quema. Los quiosqueros lloraban desconsolados por los rincones esperando los cómics que nunca volverían a llegar y sus clientes apenados y afligidos, arrastraban los pies conscientes de que una era acababa de finalizar. Unos oscuros nubarrones cubrían el país y la gente aterrada no sabia que pasaría en el futuro.

Pero hete aquí que el país vecino, un país famoso por sus croissants y sus sublimes cómics, los editores, leales a sus principios comerciales, olfatearon que podía existir un cómic de calidad y apostaron por ello. Reunieron a sus insignes ilustradores y les hicieron participes para conseguir que el país fuese un referente mundial del cómic, reverenciando los buenos guiones y mejores ilustraciones y haciendo feliz como una perdiz a muchos de sus lectores. Consiguieron que la ciudad de Angulema se erigiese como el mejor festival internacional de cómic mundial y se felicitaron mutuamente con lágrimas en los ojos, champán y un banquete al estilo Obélix.

Mientras tanto en el país cercano, los nubarrones pasaron de largo y la gente volvió a salir de su letargo. No sin antes haber conseguido que sus talentos emigraran allí donde se sintieron valorados como se merecían. Ahora comen croissants.

Los quiosqueros son ahora un poco más felices, aunque conservan la mayoría una profunda pena por los tiempos pasados, y reparten caramelos y revistas del corazón a sus feligreses. Aunque los tiempos han cambiado, los temibles editores siguen en sus treces, sin atreverse a lanzar ni la cuarta parte de publicaciones que en el país vecino se están editando.

Desde aquí hago un llamamiento a una nueva raza de editores, campeones, héroes, alquimistas que consigan crear las condiciones idóneas para que florezcan y se consagren nuevos y buenos talentos. Que se olviden un poco de las cuatro vacas sagradas y den oportunidades a las generaciones que surjan, o seguiremos siendo una sombra de lo que llegamos a ser hace tiempo.

Que consigan como el ave fénix, hacer resurjir de entre las cenizas el cómic europeo en todo su esplendor, cuya riqueza y profundidad de historias y dibujantes son a mi entender ricas en concepto, y logren elevar el comicbook al lugar que se merece como noveno arte.

Ahora me voy a leer un viejo cómic… en paz señores y que San Mortadelo los proteja.

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