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tener que pagar mucha pasta por ropa que ni siquiera es de buena calidad
(léase timazos a lo Delfín o boutades
como Levi's Vintage)
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ponerse las Converse como homenaje irónico o moderneces semejantes.
Molan porque son cómodas y baratas, qué coño
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los sujetadores con tiras de plástico
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las guarrillas que enseñan la tira del tanga por encima del pantalón
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esos jerseis de chico tan quillos con cremalleras a los dos lados del
cuello alto (peor si son blancos)
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que las tallas de ropa street sean
enormes. Las marcas, desde luego, son de extremos: de la paranoia de
la anorexia a la talla 48
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los mantones de ganchillo; se lo pone una y todas las borregas detrás
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cortar en dos el bajo del tejano para que cuelgue y arrastre suciedad
y escupitajos de la urbe
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las puñeteras plataformas
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la gente que va por ahí ¿luciendo? la carpeta de su universidad
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el color lila o rojo en el pelo
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los bolsos de charol rosa de las quillas
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las cadenas Pimkie y Bershka
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las peluquerías modernas; cada vez estoy más convencida
que dejan al cliente más feo de lo que era, con esas crestas
indiscriminadas, los tupés, los rapados, los escalados-palmera,
los flequillos cortos y todas esas cosas raras
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los dependientes de tienda estúpidos. Esos que están reunidos
parapetados tras el mostrador, de tres en tres, hablando de sus cosas
(en voz alta para que les oigas, qué gracia tiene sino) y cobrándote
con desgana. Ese acento, esas frases, esos pechos depilados. "Pues
Pipo me trajo la mejor que he probado en meses. Lo plus de lo plus".
¿Tiene límite la gilipollez?
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no hay tantas ideas nuevas como se nos pretende vender. Repetimos una
vez más: ¿para cuándo la nueva
modernidad?