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Festival de Buenos Aires 2004 | | Argentina | 2004

Una vez más, el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires (Bafici) nos deja exhaustos, completos y, sí, con una sonrisa de oreja a oreja. Definitivamente consagrado como el mayor festival artístico del país, el Bafici hace de la inconformidad su principal virtud, lo cual se traduce en una programación siempre radical, múltiple, y obsesivamente curiosa. La sexta edición no hizo sino seguir en ese curso ascendente, en el que aumentaron la duración del festival, la cantidad de salas, y, más importante, la cantidad de películas, que fueron más de 250.

La competencia oficial dió como ganadora a la argentina “Parapalos”, de Ana Poliak, una honesta y melancólica pintura de la experiencia de un joven en el oficio de levantar los pinos en un bowling. Si bien la fluidez y la naturalidad del relato la convierten en un ejemplar precioso de cinematografía local, su reconocimiento, sin embargo, parece exagerado, teniendo en cuenta la presencia en la sección competitiva de excelentes películas como “Le monde vivant”, de Eugene Green (una encantadora fábula bressoniana que hace de un cuento de príncipes y ogros una reflexión atemporal, lingüística, y hasta psicológica del ser), la portuguesa “Antes que o tiempo mude”, de Luis Fonseca (ganadora del premio que otorga la federación internacional de críticos cinematográficos, Fipresci), o una de las favoritas del público, “Story of the Weeping Camel”, de Byambasuren Davaa y Luigi Falorni, un documental cuyo título lo describe a la perfección, y que convierte un registro de la vida de una familia en el desierto de Gobi en una tiernísima historia de amor y reconciliación entre una madre y su hijo (con la hermosa particularidad de que se trata de dos camellos).

El cineasta Royston-Tan se llevó el galardón a Mejor Director por “15 (Fifteen)”, un premio un poco más acertado, teniendo en cuenta la frescura y el hábil manejo que hace el director de los recursos, los actores, y las historias de estos adolescentes de Singapur, buscando en la violencia el refugio al aislamiento cultural y económico. Su retrato de una generación carente de orientación y significado crece cuando apuesta a la velocidad y la música teen-pop en breves pseudo videoclips, como formas avasallantes de alienación.

Más allá de la competencia, en el panorama general, la película cuya luz encandiló al resto de la programación fue sin dudas la perfecta gema “Shara”, de Naomi Kawase. La historia de dos familias y la manera en que lidian con un pasado silenciado es filmada de manera ideal, sin dejar de ser siempre familiar, íntima, gracias a una cámara que se mueve como un integrante más de esas dos familias ligadas entre sí por el amor de dos adolescentes. Dotada de interpretaciones perfectas por parte de todos los actores (entre ellos, la misma Kawase), “Shara” cuenta con una escena maravillosa y desbordante de felicidad, cuya visión justifica un festival entero: durante un espectacular festival callejero, una danza grupal se vuelve ritual de convalecencia, una cura de amor y una celebración de la vida (expresión cursi, sí, pero nunca tan acertada) en la que Kawase crea un clima colmado de felicidad. Una alegría que rebalsa la pantalla, gracias a (y a partir de) planos en la que la cercanía total de la cámara con los personajes conforman un método que resulta, lisa y llanamente, una lección de cine.
Este carácter ejemplar es compartido con otra pequeña y más discreta joya: “Ribatz, Ribatz! Ou Le Grain du Temps”, de Marie-Hélène Rebois, una investigación empírica sobre la memoria corporal, que toma como objeto a un grupo de veteranos bailarines en su intento de reconstruir a través del recuerdo una coreografía en la que participaron hace 25 años, y de la cual no ha quedado registro alguno. Con testimonios sorprendentemente concisos sobre algo tan abstracto (pero tan real), sus momentos más poderosos suceden cuando la cámara capta los misteriosos caminos de la memoria en el momento exacto en que suceden, cuando un movimiento se transforma en un camino del recuerdo, y el pasado se vuelve presente en el cuerpo de los protagonistas.

El utópico deseo de verlo todo es una trampa en la que el Bafici siempre pretende (y generalmente lo logra) hacernos caer. Pero, afortunadamente, la calidad de la programación hizo que cualquiera sea el itinerario que hagamos, planificado o por azar, haya sido muy difícil salir insatisfechos. Sin dudas, este fue un Bafici desaforado y, por sobre todas las cosas, feliz. Por más que su título resulte contradictorio, “The Saddest Music In The World”, del canadiense Guy Maddin fue una de las razones. Un concurso con el nombre del título es el punto de partida para un relato fantásticamente melodramático, en la forma del cine primitivo, que hace explotar la pantalla de luz y música, sustrato de belleza perfecto para los brillantes ojos de Maria de Medeiros e Isabella Rosselini.
Otra película colmada de una triste felicidad fue “Les Tripplettes de Belleville”, de Sylvain Chomet, película de animación francesa que compitió en los últimos Oscar, teñida de una anacronía socarrona que eleva al rol de heroínas a un grupo de ancianas que van al rescate del hijo de uno de ellas.
Pero si de visiones desaforadas se trata, Takashi Miike se lleva una vez más los aplausos. Su delirante “Gozu” fue sin lugar a dudas el punto más alto de la locura y la libertad fílmicas de todo el festival. Narrativamente indescriptible, Miike parece dedicarse a mostrarnos que su voluntad transgresora es ley. Así lo confirma la escena final, quizás una de las más impensables y sorprendentes en años y años de cine. No es exagerado decir que Takashi Miike está total y felizmente loco.
Del otro lado del espectro emocional, se pararon las últimas obras de Tsai Ming Liang y Kim Ki-duk, un favorito del público del Bafici. Del primero se vio “Goodbye Dragon Inn”, que si bien está dotada de todos los recursos (largos y poderosos planos fijos que se vuelven fácilmente reflexiones casi metafísicas y desesperanzadas) que hicieron del director malayo uno de los autores más reconocidos actualmente, esta vez la película parece perderse en un abismo insistentemente solemne. No fue así con Kim Ki-duk y su “Primavera, verano, otoño, invierno…y primavera", un poema visual con la grandeza y universalidad que suelen transmitir los films del director coreano, como “The Isle” y “Address Unknown”.

El rubro de las retrospectivas fue, una vez más, desaforado y ecléctico (otra feliz constante del festival) Se proyectaron las obras de más de diez directores tan disímiles como John Ford, Jonas Mekas, Raul Ruiz, Glauber Rocha, Sara Driver, James Benning, Thom Andersen y Kiyoshi Kurosawa, entre otros. Con respecto a este ultimo, su obsesión por lo fantasmático se pudo apreciar como una constante presencia, incluso dentro del amplio rango de registros y temáticas (del terror cibernético de “Pulse”, a la comedia de bajo presupuesto en “Doppelganger”) que puede fácilmente manejar. En el medio –y bien lejos de los géneros- se alzan “Barren Illusions”, un retrato sólido, fragmentado, y casi minimalista de la pérdida de futuro en los jóvenes japoneses. En este sentido, la luminosa escena final de su excelente “Bright Future” es un sorprendente manifiesto. Otro de los directores revisitados, Thom Andersen, trajo consigo una de las mejores películas (y una de las más comentadas en los pasillos) de todo el festival: “Los Angeles Plays Itself”. Más que documental, una investigación cinematográfica sobre el modo en que la ciudad de Los Angeles fue representada a lo largo de la historia del cine. Enteramente constituida de extractos de películas, el film construye y demuestra su tesis acerca de cómo el cine crea una Los Angeles irreal, ficticia, una ciudad ideal hecha para y por el cine. El mismo exhaustivo espíritu investigador lleva a Andersen (con la colaboración del teórico Noel Burch) a sumergirse en la obra de los directores acusados de comunistas por el macarthysmo, en su excelente “Red Hollywood”.

Del cineasta argentino Martín Rejtman, se pudo ver su primer cortometraje “Doli vuelve a casa”, filmado en los años 80, una definitiva prueba del carácter pionero del director con respecto a lo que todavía se insiste perezosamente en llamar Nuevo Cine Argentino. Su primer largometraje, “Rapado” (1991), confirmó que Rejtman fue la punta de lanza en la ruptura que -de la mano de una nueva generación de cineastas- renovó a fines de los años 90 un cine argentino muerto, artificialmente solemne, y cada vez menos emparentado genéticamente con las formas cinematográficas. “Los guantes mágicos”, su última película, no hace sino confirmar la calidad de una filmografía corta pero colmada de un estilo único e indestructible, un universo propio en el que las repeticiones, el azar, y el lado absurdo de lo cotidiano crean un registro tragicómico en el que Rejtman mira a los seres humanos en su más pura y simple esencia.
Esta figura apadrinadora de Rejtman con respecto al cine argentino joven vuelve a confirmarse al hablar de Lisandro Alonso, y su maravillosa “Los muertos”, que por estos días está sorprendiendo a la crítica en la Quincena de Realizadores de Cannes. Alonso ya lo había hecho con esa sencillez hecha magia que fue su opera prima “La Libertad” (de la cual Rejtman fue uno de los productores asociados), y ahora confirma su precoz carácter de autor con esta breve y poderosa historia del viaje que un hombre condenado por matar a sus hermanos emprende al salir de la cárcel en busca de su hija. La cámara realista de Alonso no hace un mero registro de la naturaleza, sino que encuentra en ella el marco perfecto para transmitir la pesadumbre de una condena a muerte absoluta e inevitable, que sufren todos y cada uno de los personajes. “Los muertos”, está claro, no es una película optimista. Con la fuerza que despide el hecho de estar filmando lo absolutamente negativo, Alonso nos lleva en un viaje pesado y lento, en el que resulta imposible mirar hacia otro lado, al haciéndonos testigos directos de un paseo por los superpuestos mundos de la vida y la muerte.

El Bafici no puede sino dejarnos siempre con ganas de más. Lamentablemente, es la única posibilidad de echar un vistazo al cine que la distribución comercial local se empeña en negarnos. Felizmente, existe, y año a año aumenta su apuesta. Esa euforia que rige nuestro ánimo durante esos 11 días es quizás, en parte, producto de aquella ausencia en la oferta cinematográfica local de un cine diferente, un cine que asume el riesgo como parte constitutiva del arte. Esa abstinencia obligada es de lo que el Bafici nos rescata, llenándonos de cine, y dejándonos, aunque sea por unos días, absolutamente felices.

Por: Agustín Mango  


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