Interview
Howe Gelb | Sala Vademecwm | Vigo | 2005-06-06
¿Dónde está Howe Gelb? Ésa era la pregunta. O mejor. ¿Dónde coño está Howe Gelb? Falta menos de media hora para su concierto en la sala Vademecwm (Vigo), el primero de su gira en España, y el líder de Giant Sand no aparece por ninguna parte. Cosas de músicos. En la media luz del espacioso chill out, convertido en camerino, Thøger T. Lund parece estar solo en el mundo mientras, con los ojos cerrados, calienta sus dedos pellizcando el contrabajo. A su alrededor, una mujer altísima y rubia intenta mantener los ojos abiertos para vigilar a dos niños que juegan sobre el equipaje de la banda. Ni rastro de John Convertino y Joey Burns entre los bultos. Ninguna de las siluetas vagamente humanas, entre las que se puede reconocer a Peter Dombernowsky y Anders Pedersen, pertenece a la hasta hace poco prestigiosa sección rítimica de Giant Sand. Calexico se los ha bebido. Lo dicho. Cosas de músicos. Pero, un momento. ¿No es ésa la gorra de Howe? Sí, no hay duda. Y eso que ahora asoma bajo la visera con gesto de extravío es el autor de "Confluence". "¿Are you from TV, guys?", balbucea. Supongo que sí. Al menos yo llevo un micrófono en la mano y mi compañero sujeta como puede una cámara digital. Cómo explicarle. Vamos a dejarlo ahí.
Mientras se arregla el pelo, algo alborotado, y firma a regañadientes algunos viejos discos de Giant Sand, Howe Gelb propone que hagamos la entrevista en la calle. Churruca no es Tucson, Arizona, pero a falta de balas de paja y arena del desierto, siempre se pueden encontrar graffitis estridentes, viejas tuberías deformadas y aceras desconchadas. Es primavera y hace una noche agradable. Él está cansado, y no es para menos. Recién llegado de Portugal, donde el grupo ha estado presentando su último trabajo, "It´s all over the map" (Thrill Jockey, 2004), parece no haberse repuesto todavía de su última gira en solitario. Hace sólo unos meses recorrió España con un espectáculo singular que maravilló a su fieles pero contrarió a más de uno. La hemeroteca no engaña, pero puede incomodar. "No entiendo esa decepción. Me lo pasé muy bien en la gira y creo que la reacción fue fantástica. Es como ver la tele: simplemente comunicación", explica algo contrariado. "¿Es eso todo?", agrega, muy serio, atusándose la perilla. Vaya. Parece que no ha sido un buen comienzo.
Después de dejar que Gelb examine minuciosamente el micrófono, en un gesto que no lograría entender hasta mucho más tarde, seguimos conversando. Hablemos de Calexico, el proyecto que ha terminado por apartar a John Convertino y Joey Burns de la banda. ¿Podría significa esto, de alguna manera, el fin de Giant Sand?
"Calexico ha hecho imposible continuar con John y Joey. La manera en la que solíamos tocar, escribir y grabar es incompatible con el modo en que están yendo las cosas ahora. Pero ellos sólo han estado en Giant Sand durante la segunda década, no durante la primera, y ni siquiera todo el tiempo. Ahora hemos entrado en la tercera década y tenemos una nueva formación, que por cierto se estrena esta noche aquí, en el club."
Has dicho alguna vez que el sonido de Giant Sand está muy ligado a la naturaleza, mientras que el de Calexico es más artificioso, fruto de la creación humana.
"Creo que el de Calexico podría ser el sonido de la cultura humana. Toma los sonidos del vecindario, los que la gente hace, y también ese otro que los humanos quieren creer que es la auténtica banda sonora del Oeste, ¿sabes?, algo como Ennio Morricone, más italiano... En fin, es un buen sonido para el Oeste aunque no haya existido nunca. Está en nuestra imaginación. Giant Sand es, sin embargo, el sonido de la erosión, de los elementos que se desmoronan, de la tierra, de la lluvia, del viento... Así es como lo veo, aunque en realidad siempre cambie. Cada noche, como cada día, es distinta. Si sales al desierto, el mismo puñado de tierra nunca es el mismo, siempre rodando y cambiando."
Pedirle a un músico que explique un disco suyo es algo así como una prueba de fuego. Uno se arriesga a que le tuerzan la cara. O simplemente a hundirse en un silencio nada confortable. Pero hay que hacerlo a veces. Como suponía, Gelb no quiere explicar "It’s all over the map", pero tampoco se incomoda. "Los discos", contesta paciente, "se explican solos. Cualquier arista del álbum es, en sí misma, más correcta que cualquier cosa que yo pueda decir". Tiene razón.
Es poco habitual encontrar hoy una banda con más de veinte años. ¿Cuál es el secreto?
"Hay algo de venenoso en el éxito cuando alcanza ciertos niveles. Y también la falta de éxito supone un desgaste para los músicos. Pero hay un espacio intermedio en el que, si consigues mantenerte, puedes continuar trabajando y hasta estar satisfecho. No sé por qué está durando tanto Giant Sand, pero es como si fueses pintor: pintarías toda tu vida. Creo que tiene más que ver con algo así que con la propia industria discográfica."
No me cabe la menor duda de que Howe Gelb seguiría haciendo música bajo un volcán en erupción. ¿Pero por qué con Giant Sand?
"Giant Sand es un sabor. Ha sido siempre un sabor, desde el principio, desde 1981, cuando se llamaba Giant Sandworms. Y me he dado cuenta de que con estos tíos (los nuevos componentes) ese sabor está empezando a aparecer de nuevo. Y eso sólo me ha ocurrido unas cinco veces con cinco bandas distintas a lo largo de estos años."
Aunque su último descubrimiento musical, por el que se confiesa fascinado desde que lo escuchó hace poco en California, es Inara George, la hija de aquel Lowell George de Little Feat, el líder de Giant Sand también reconoce el talento de gente como Micah P. Hinson o Devendra Banhart. "Un gran respiro", dice de ellos. Quizá. El caso es que muchos vuelven ahora al folk, al country, en una aventura a medio camino entre la búsqueda de las raíces y los avatares de la industria. Gelb tiene otra manera de verlo.
"Lo mejor de los noventa ha sido la revolución del lo-fi. Con toda esa tecnología disponible, se generó una gran aceptación. El oído se acostumbró a cosas que jamás habían sido grabadas, a sonidos muy interesantes. Creo que esto es lo importante."
Y mientras eso sucede en el resto del universo, el inquieto Howe Gelb encuentra la última vuelta de tuerca a su sonido en el gospel, aunque lejos de la oración.
"Sí, el disco ya está grabado. Ha sido divertido, mucho, sí. Las canciones no son gospel en realidad, pero tienen una mano de gospel. No sé por qué lo he hecho, al menos todavía no. Simplemente ocurrió, fue como algo divino, una cuestión de fe quizás. Ya veremos qué ocurre, si la gente lo disfruta o no. Aunque el último disco de Giant Sand se había grabado en Dinamarca, éste preferí hacerlo en Canadá. Y ahora trabajo en otra cosa totalmente distinta en Austria. No sé todavía cuándo saldrá a la calle. Creo que ya es hora de grabar algo en España. Sí, podría ser."
Habrá que esperar todavía algún tiempo para ver cómo suena ese álbum grabado en Ottawa que él mismo ha definido como un trabajo "minimalista". Batería, guitarra y un coro de diez voces. Nada más. Por lo pronto, fiel a la filosofía be bop que siempre ha vertebrado Giant Sand, Gelb rehúsa hablar del repertorio que ha preparado para actuar en Vademecwm. Está a punto de dejarnos para colgarse una guitarra al hombro, y sin embargo jura no saber todavía si podremos escuchar algo de ese nuevo material. "Nunca sé lo que voy a tocar antes de los conciertos", sentencia lacónico, antes de dejarnos boquiabiertos con un críptico "soy socialmente inepto". Pues vale.
Nada más regresar a la sala entendimos su interés por el micrófono. Quizá si le hubiese gustado un poco más lo habría colocado junto a los otros tres de los que valió para atacar los temas de "It’s all over the map", médula espinal del concierto. Salvando una media hora insoportable de problemas técnicos en el sonido, el concierto no defraudó. Hallazgos como "Classico" o "NYC", además de esa delirante versión de los Sex Pistols que es "Anarchistic bolshevistic cowboy bundle", rindieron a un público que agradeció los guiños spanglish de Gelb y sus histriónicas piruetas instrumentales sobre la tarima. El polifacético creador de los treinta discos, nada menos, sólo fracasó en una cosa. Fue imposible hacer cantar a la sala. Esto no es Tucson, Arizona.
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